POEMAS VISUALES (1972)

En los siguientes meses, y según las posibilidades del tiempo disponible, quiero ir rescatando algunos libros de POEMAS que escribí cuando era un muchacho de 18 años, recién llegado de Valencia y de su ambiente universitario. Una de las experiencias que realicé en esa etapa de formación y experimentación fue la elaboración de un conjunto de POEMAS VISUALES. Voy a presentar la foto de las obras, tal como fueron realizadas, y una redacción adaptada en formato PDF, procurando respetar los juegos con la tipografía y la disposición de los versos.

POEMAS VISUALES UNO

POEMAS VISUALES UNO. JUAN MARIANO BALIBREA.
POEMAS VISUALES UNO. JUAN MARIANO BALIBREA.
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LABORATORIO
Poema collage realizado en la etapa de formación y experimentación.
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POEMA VISUAL DOS

POEMA VISUAL DOS. JUUAN MARIANO BALIBREA.
POEMA VISUAL DOS. JUUAN MARIANO BALIBREA.
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PROBLEMAS SOCIALES
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POEMA VISUAL TRES

EL OTRO FRENTE. JUAN MARIANO BALIBREA.
EL OTRO FRENTE. JUAN MARIANO BALIBREA.

POEMA VISUAL CUATRO

ASESINADO. JUAN MARIANO BALIBREA.
ASESINADO. JUAN MARIANO BALIBREA.

POEMA VISUAL CINCO

MADRID. JUAN MARIANO BALIBREA.
MADRID. JUAN MARIANO BALIBREA.

POEMA VISUAL SEIS

BOUTIQUES. JUAN MARIANO BALIBREA.
BOUTIQUES. JUAN MARIANO BALIBREA.

EL MIEDO ES LIBRE

 

Aquella noche, cuando salí de la casa de mi madre, hacía mucho frío. La luz anaranjada del alumbrado público se había mezclado con la humedad de las nubes bajas, y un viento helado que procedía del norte, arrastraba por el asfalto la propaganda caída de los buzones y algunos diarios de difusión gratuita.

Mi madre vivía en el segundo piso de un antiguo edificio de protección oficial. Tenía noventa y dos años, un cuerpo lleno de achaques y la memoria muy desgastada. El edificio, sin embargo, era bastante más joven que mi madre. Se construyó en los primeros años de la década de sesenta —en el sesenta y dos, me parece—, en una de las calles estrechas del antiguo barrio árabe de la ciudad.

El barrio estaba tan desgastado como las neuronas de la cabeza de mi madre. Pero a pesar de los años cumplidos y de los achaques de algunas de sus paredes, la vivienda era digna. No tenía ascensor, y las ventanas exteriores del edificio eran muy pequeñas, y la luz directa del sol casi nunca llegaba a las habitaciones de la casa. Pero insisto, la vivienda era digna.

El callejón se estiraba, serpenteando, entre un conjunto de fachadas amontonadas de otros tantos edificios antiguos. A veces, entre los edificios, se interponían algunos solares abandonados que servían de escondrijo a las ratas y de refugio a los traficantes de poca monta. El barrio, no obstante, en las horas apacibles de las tardes, presentaba un aspecto muy agradable y animado; pero, a esas horas tan inoportunas de la noche, cuando la gente ya se retira a sus hogares, el barrio se quedaba desierto. Y aún más en febrero, en una noche madrugadora, fría y húmeda de pleno invierno.

Al llegar a una de las bifurcaciones del callejón, detuve mis pasos un instante para sacar el móvil de mi bolsillo. Quería verificar la hora a la que había acabado mi turno de guardia. Eran las diez horas y siete minutos. Por lo tanto, faltaban tan solo tres minutos para llegar a la hora perfecta —la hora perfecta según los anuncios de la mayoría de los relojes—. Recuerdo que pensé que se me había hecho muy tarde para regresar a mi casa. Pero así era el servicio: la chica que cuidaba a mi madre libraba las tardes de los jueves, y yo, como buen hijo y para no dejarla sola, cubría cada jueves las largas horas de su ausencia. Pero la chica, esa noche, se había descuidado con la hora, y se entretuvo más de la cuenta al despedirse de su novio (cosas de la edad, solía decir mi madre).

Como hacía un poco de viento, aproveché la parada para abrocharme los botones de la chaqueta. Me coloqué alrededor del cuello una bufanda de lana fina que llevaba en el interior de mi bolso. Y cuando consideré que ya estaba preparado para enfrentarme con la frialdad del ambiente, seguí caminando.

Había aparcado el coche en las proximidades de la Plaza de Toros, a tres o cuatro minutos escasos de la casa de mi madre, si andaba a buen ritmo. Entonces, decidí acelerar un poco el ritmo de la marcha para llegar cuanto antes a las inmediaciones de la Plaza de Toros.

Al aumentar el ritmo de mis pasos, de repente, sentí el cansancio acumulado durante toda la jornada en la musculatura de mis piernas. Habían sido seis horas de trabajo intenso en el taller del instituto, impartiendo las clases de artes plásticas a seis grupos diferentes; una hora conduciendo mi coche para regresar a la ciudad, y despu´çes de tomar un bocado en una cafetería de la zona, otras seis horas y pico tratando de hacer compatible el cuidado de mi madre y mi cartera de asuntos pendientes (porque un profesor que se precie siempre tiene algunos exámenes que corregir y algunas clases que preparar).

 Al pasar por delante de uno de los solares abandonados —uno de los solares que llevaba más de una docena de años esperando convertirse en jardín para los niños del barrio—, me pareció observar una silueta vacilante, una silueta que se desplazaba con dificultad entre los escombros y las sombras. Yo no era una persona miedosa (qué va); pero, por si acaso, decidí meter la marcha directa y alejarme a toda velocidad de aquella zona desprotegida.

Tampoco tenía prejuicios (en absoluto). Pero desde hacía tres o cuatro años, el barrio de San Juan  —el barrio donde vivía mi madre desde hacía veinte años— había sido ocupado por numerosos inmigrantes de diversas razas, países y lenguas. Y ese amasijo heterogéneo de los nuevos vecinos, mezclado a su vez con el resto de la antigua población trabajadora, le otorgaba al ambiente un aspecto parecido al de las imágenes del Harlem neoyorquino. O del Bronx (vaya usted a saber). Pero “el miedo es libre”, argumenté en mi fuero interno, tratando de justificar de alguna manera, un repentino ataque de ansiedad.

            Cuando llegué por fin a la gran avenida que bordea la Plaza de Toros, respiré mucho más tranquilo. El callejón estrecho y sinuoso, de repente, se convirtió en una calle ancha y transitada; la tenue iluminación anaranjada y dispersa de las zona clandestina, se transformó en un torrente de luz (qué alivio, pensé). Y la ansiedad de mi espíritu y los temblores de mis piernas, milagrosamente, se diluyeron en la seguridad de un territorio habitado por la gente educada de la clase media.

Allí, todo era distinto. Las aceras eran anchas; lo suficientemente anchas como para que los bares y cafeterías de la zona pudieran instalar sobre ellas algunas de sus sillas y sus mesas,  a modo de terraza. Y había arbolado (arbolado frondoso). Y aunque ya eran las diez horas y ocho minutos de la noche, todavía se podía ver por la avenida, transitando, algunos caminantes solitarios que regresaban a sus hogares; y un par de ciudadanos sufridos que arrastraban a sus perros con desgana, esperando a que los animales eligieran el sitio adecuado para dejar sus excrementos. Pero además, en esa avenida, había un buen surtido de empresas y establecimientos comerciales. La farmacia, por ejemplo, que era una farmacia de las que abren las veinticuatro horas del día, siempre estaba abierta. Y los clientes más rezagados se agolpaban en el interior del local, observando una cola ordenada para adquirir los medicamentos, o los preservativos. Los bares ya estaban cerrados (es verdad), y la mayoría de las tiendas también. Pero la cafetería de la esquina, sin embargo, que solía cerrar un poco más tarde, aún tenía las luces encendidas. Y dos casas más allá, tras una ferretería y una tienda de productos informáticos, había un pequeño establecimiento abierto, de los que venden todo tipo de productos —regentado, como es habitual, por una familia china o coreana—.

Al pasar por delante del escaparate de la cafetería, que también era confitería y panadería al mismo tiempo, me quedé parado unos instantes, dudando. Miré hacia el interior y pensé: “Podría llevarme una bandejita de pasteles para finalizar la jornada con buen sabor de boca”. A mi mujer y a los niños seguro que les agradaría tomar unos pastelitos. Pero al final, tras medio minuto de reflexión ponderada frente al escaparate, vencí la tentación de la gula y me reafirmé en el compromiso de mantener una dieta equilibrada.

Sonreí a las dos cameras inmigrantes que se afanaban en recoger las mesas y las sillas de la terraza exterior. Bromeaban entre ellas con un claro acento sudamericano que delataba su procedencia. Una de ellas, la más bajita de las dos, me había estado observando con cierta curiosidad, esperando a que me decidiera de una vez a entrar en la cafetería. Pero yo no entré. Y el dueño de la cafetería —que siempre estaba alerta ante los intereses del negocio—, desde el interior del local, les dedicó un exabrupto para que aligeraran la tarea y se dejaran los coqueteos. “Menos risas y más trabajo”, gritó.

 

            Al pasar por delante de una oficina del BBVA, recordé que apenas me quedaba gasolina en el depósito de mi Renault Laguna, y pensé que sería mejor llenar el depósito esa misma noche, para no tener que parar a la mañana siguiente, de madrugada, a repostar con urgencia (mi madre siempre me repetía lo mismo: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”). Decidí entrar en el cajero y sacar unos cuantos billetes. Cerré la puerta con el pestillo, por sí acaso, y me apresuré a realizar la operación.

Lo primero que hice fue consultar el saldo disponible en la pantalla del monitor; y como tenía bastante dinero, decidí sacar trescientos euros (sólo trescientos), porque no me gustaba llevar encima demasiado dinero (tal como estaban las cosas era un peligro). Pero tampoco me gustaba quedarme sin efectivo, porque en cuanto hiciera un par de compras de cierta entidad de nuevo me quedaría sin efectivo (la culpa es del euro, por supuesto).

Retiré mi tarjeta, arrojé el comprobante a la papelera y guardé los billetes en una de las solapas de mi cartera. Después me aseguré de introducir la tarjeta en el departamento correcto, que para eso están hechos a medida de las tarjetas. Y finalmente —y eso fue lo más importante—, introduje la cartera en un apartado interior de mi bolso (un apartado con cremallera de seguridad que tenía reservado para esos menesteres). “La seguridad no está de más” (eso me decía mi madre cada una de las tardes que acudía a su casa, los jueves, todos los jueves, para dar un descanso obligado a la chica bolibiana que la cuidaba durante la semana). Y es que las madres, aunque sus hijos hayan cumplido ya los cuarenta y tantos años, siempre nos suelen repetir las mismas recomendaciones de toda la vida.

Antes de abrir la puerta, me colgué el bolso sobre el hombro, cruzándolo de lado a lado y poniendo el cierre de cremallera hacia el interior, pegado a mi cuerpo (otra estrategia aprendida de mi madre). Abrí el pestillo de la puerta acristalada y miré hacia los dos lados de la calle: no había nadie en la acera. Salí del banco y caminé confiado hasta el semáforo, dispuesto a llegar de una vez a la zona en donde había dejado aparcado mi coche.

 

            Hacía frío esa noche, bastante frío. Pero a pesar de la bajada repentina de las temperaturas, esperé tranquilo en la acera a que la luz del semáforo se pusiera en verde. Yo no tenía prisa. Y tampoco tenía ningún temor en el interior de mi cuerpo, porque ya había atravesado la zona peligrosa: la zona de las callejuelas oscuras donde habitaban los inmigrantes y los gitanos desalojados de las antiguas chabolas. Y aunque el viento empezaba a arreciar con intensidad, prefería esperar un par de minutos allí parado, en la acera, sobre la acera, y respetar las indicaciones del semáforo (por si acaso).

Podría haberme arriesgado a cruzar en rojo, porque no había demasiado tráfico. Pero ese no era mi estilo, porque yo siempre me comportaba con corrección. Y aunque nadie se fijara en mí en ese momento y hubiera podido cruzar la calzada sin ningún peligro, decidí esperar un minuto a que el semáforo se pusiera en verde. O dos minutos. Porque mi madre también me enseñó a respetar las normas de circulación: “Nunca cruces con el semáforo en rojo”.

            Entonces fue cuando distinguí a aquella silueta. Me parece que salió, tambaleante, del interior de un portal de un bloque de pisos (aunque no estaba seguro en ese momento). Caminaba despacio por la acera de enfrente, y me dio la sensación de que se trataba de un individuo alto, corpulento y de raza negra. Es verdad que yo era miope, y que los cristales de las gafas estaban un poco empañados por la humedad de la neblina, y que en esa precisa zona de la gran avenida no había una buena iluminación, porque algún desaprensivo había dejado inservible la farola del margen izquierdo. Pero yo diría que aquel individuo que acababa de salir de un portal oscuro, tambaleándose, era negro. Y lo diría porque llevaba una especie de cazadora con capucha, amplia y un poco destartalada, que le ocultaba prácticamente la totalidad del rostro. Sólo recuerdo que distinguía sus ojos, que brillaban muchísimo en la oscuridad accidentada de la acera de enfrente. Pero yo juraría por mis hijos, por mi mujer, e incluso por mi madre, que aquel individuo era negro (pero muy negro).

Llevaba las manos metidas dentro de los bolsillos de la cazadora, y caminaba despacio, tambaleándose. O, al menos, eso me pareció a mí desde la distancia (aunque yo era miope y mis gafas estaban un poco empañadas). Al llegar a la altura del paso de cebra, aquel individuo se paró justo enfrente de mí, en la vertical contraria a mi posición, y bajó de la acera unos pasos —aunque eso no se debe hacer en ningún caso— y esperó a que no viniera ningún coche para avanzar con paso vacilante hacia la seguridad de mí espacio. Instintivamente, agarré el bolso con más fuerza. Fue un acto reflejo, quizá inconsciente, porque yo era una persona  educada, tolerante y solidaria con los inmigrantes. Pero “el miedo es libre”.

            Cuando el semáforo ya estaba a punto de cambiar de color, aquél individuo alto, corpulento y de pasos vacilantes, se dirigió directo hacia el lugar donde yo esperaba las indicaciones de paso. Pensé que estaba borracho (podría ser). Pero también pensé que sería uno de los muchos vigilantes improvisados que se encargaban de custodiar los coches que la gente deja aparcados en las proximidades de la Plaza de los Toros. En ese caso, improvisé con rapidez, le daría un euro para que me dejara tranquilo. Y aunque no me parecía justo tener que pagarle un euro por no haber vigilado mi coche —porque cuando yo dejé el coche, al medio día, allí no había ningún vigilante que cuidara de mi Renault Laguna—, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón para buscar una moneda (veinte céntimos estaría bien).

            Al ponerse la luz del semáforo en verde, hice un intento de bajar de la acera. Pero el individuo alto y corpulento de la cazadora con capucha, me abordó directamente. Se paró delante de mí y, tartamudeando, me dijo que si, por favor, le podía dar un cigarrillo.

            Respiré. Respiré tranquilo. Respiré tranquilo porque todas mis suposiciones irracionales y gratuitas sólo habían sido el fruto de mi cretina inseguridad. Además, yo era  también un fumador desde hacía muchos años, y jamás le habría negado un cigarrillo a ninguna persona necesitada; y mucho menos a esa persona que tenía delante, que, por cierto, no era negro, sino de raza blanca y de ojos azules, y que hablaba un castellano perfecto (aunque con un acento muy murciano). A veces, pensé, la falta de luz nos hace ver fantasmas en donde no los hay. Qué le vamos a hacer: “el miedo es libre”. Y más, si aquel hombre de raza blanca y ojos azules llevaba la cabeza cubierta con una capucha.

            Mientras que abría el bolso para sacar mi cajetilla de Camel, le comenté con cierta vergüenza que yo fumaba tabaco light. Me dijo que no le importaba. Saqué el paquete y le di un par de cigarrillos. Entonces, cuando se guardó los dos cigarrillos en  su cazadora, aquel sujeto que hablaba español con un acento murciano inconfundible, me pidió fuego. Y yo, solidario con los necesitados, le dije que iba a buscar un mechero en mi bolso; y, para tratar de ser más agradable, le comenté que no sé cómo me las arreglaba, pero que siempre me dejaba olvidado el mechero en cualquier sitio. Y esa fue mi perdición. Porque mientras yo me afanaba en buscar el mechero que siempre me dejaba olvidado en cualquier sitio, él, atento a la jugada, sacó una navaja pequeña del bolsillo izquierdo y me la puso en el cuello:

            —Dame todo lo que lleves, cabrón. Y cuidadito con hacer alguna jugarreta, que la navaja está recién afilada.

            Me quedé petrificado. A mí nunca me había ocurrido una cosa así. Y le dije que no se pusiera nervioso y que dejara tranquila la navaja, que yo le daría el dinero (el que acababa de sacar del banco para poder echar gasolina). Demoré unos segundos la entrega, mirando instintivamente, desesperado, hacia ambos lados de la avenida. Pero en ese momento —las diez y diez, la hora perfecta según la mayoría de los anuncios de los relojes—, la avenida estaba vacía. Y resultaba inútil pedir socorro. Entonces, el individuo de los ojos azules y la piel blanca, me dijo en un murciano muy castizo:

            —Me cago en la puta, cabrón; no me hagas perder la paciencia. Dame todo el dinero que has sacado del cajero y deja de hacer el gilipollas.

Temblando, abrí la cremallera del bolsillo interior, saqué la cartera y le di los trescientos euros que acababa de sacar del cajero, en billetes de cincuenta euros. Y añadí:

            —Esto es todo lo que llevo. Te lo juro.

            Miró los billetes con desprecio y se los guardó en otro bolsillo de la cazadora. Después, apartó la navaja de mi cuello. Pero antes de irse, y aprovechando que no pasaba ningún paseante distraído por aquella ronda, añadió: “Y saca el paquete de tabaco, pringao, que yo también fumo tabaco light”.

 

            Cuando llegué a la calle en la que tenía aparcado mi coche, me di cuenta de que mi corazón estaba a punto de reventar. Busqué las llaves por el fondo del bolso y abrí la puerta con celeridad. Me senté en el asiento del conductor y coloqué el bolso en el asiento del copiloto, cerrando previamente todas las puertas con el seguro. Una vez instalado allí dentro, aislado en la penumbra de mi nuevo vehículo, respiré varias veces para tranquilizarme. Me limpié las gafas con un pañuelo de papel; y después, el sudor de la frente (aunque hacía frío). Estaba nervioso, asustado y disgustado. Y pensé. Pensé que podía acercarme a la comisaría, porque no quedaba muy lejos de allí, y poner una denuncia por robo con intimidación. Pero no lo hice. Y pensé que, de alguna manera, debía haberle hecho frente a aquel individuo. Pero era mucho más alto y más fuerte que yo, y tampoco lo hice. Y pensé, también, en la desconfianza que había sentido al principio, cuando lo divisé en la distancia, creyendo que era negro; y en la seguridad que me ofreció su cara, cuando estaba cerca, porque pude ver con nitidez que era blanco, y eso me tranquilizó; y pude ver sus ojos azules, y eso me aportó serenidad; y escuché que me pidió un cigarro con la voz suave y empleando un “por favor” muy educado. Y todo ello, utilizando un español muy correcto (aunque con acento claramente murciano).

            Cuando por fin conseguí dominar el temblor de mis manos, arranqué el coche, accioné el limpiaparabrisas y metí la marcha atrás para iniciar la escapada. Recordé que tenía que echar gasolina, pero no era el momento; y decidí apurar el solaje que aún me quedaba en el depósito y llegar a mi casa cuando antes.

En ese instante (a las diez y cuarto, aproximadamente), cuando ya había metido la primera marcha para salir huyendo de aquel barrio de inmigrantes de todas las razas, países y lenguas, un muchacho joven, de no más de dieciséis o diecisiete años, se acercó hasta la ventanilla de mi coche.

El muchacho estaba helado de frío, y trataba de protegerse el pecho y una camiseta deportiva cruzando los brazos. Y era negro — subsahariano, según decían los periodistas cuando se referían a ellos—. Alzó una de sus manos en forma de saludo y me miró a los ojos directamente, tratando de disimular la vergüenza del que se ve obligado a pedir por necesidad. Bajé unos cuantos centímetros el cristal de la ventanilla (tan sólo unos cuantos), y le interrogué con un gesto contundente. El muchacho me dijo con varias palabras aprendidas con urgencia, que si podía darle algún euro (al menos, pensé, conocía el nombre de nuestra moneda). Estuve a punto de subir el cristal y de pisar el acelerador a fondo, pero no lo hice. Me quedé callado, y repasé en un segundo toda la película de lo que me había sucedido. Ante la incomodidad de mi silencio, aquel individuo que tiritaba de frío en medio de la calzada, añadió otra lista de palabras mal conjugadas. 

Yo no sé si llegué a comprender su mensaje con precisión, porque cualquier parecido de sus expresiones con la riqueza y la variedad de nuestro idioma sería una burla. Pero lo que sí podría asegurar es que mencionó dos palabras en un castellano perfecto: la primera, patera; y la segunda, comida. Y además de aquellas palabras, percibí el miedo reflejado en sus ojos (su miedo, el auténtico miedo). Y entonces abrí de nuevo mi bolso y saqué el monedero. Tan sólo me quedaba un billete de cinco euros; no era mucho, desde luego, pero si lo suficiente como para solucionarle una cena. O un bocadillo. O un café con leche.

 

Cuando llegué a la puerta de mi casa, a las once menos cuartote la noche, paré el coche ante la gran puerta metálica que impedía el acceso de los desconocidos a mi residencia. Pero no accioné inmediatamente el mando a distancia. Bajé el cristal de la ventanilla para que entrara un poco de aire fresco, y me quedé mirando, en silencio, la inmensidad del cielo estrellado. Tenía ganas de fumar, y atiné a encender una colilla que había logrado recuperar del cenicero de mi coche, porque necesitaba contaminarme con el sabor del tabaco. Y allí sentado en la soledad de la noche, bajo las estrellas, y apurando con nerviosismo las dos caladas posibles que me permitía la colilla, comprendí la verdadera expresión de los ojos del miedo.